Dejo de lado mis fueros, mi indiferencia.
Desmantelo las tinieblas.
Acepto lo pequeño y lo grande con la misma intensidad.
Vivo simplemente, sintiendo que con vehemencia el existir no
es un duelo.
Nadie replica, nadie llora, sólo un atisbo lejano del miedo
que se marchó. Lo miro con simpatía, ya que de él también aprendí.
Busco el resplandor, mas el aire tibio me regala un
atardecer, que nada inspira más que la esperanza de una noche amena y un pronto
y nuevo amanecer.
No hay llagas, no hay raptos de locura, no hay cuerdas,
nadie se ahoga.
No hay fueros, no hay engaños, sólo la certeza de conocer
nuevos caminos por donde volar.
Algo tan complejo en su método, cambia radicalmente en su
sinopsis, dejando en evidencia una trama sencilla y de final bien logrado.
Los ecos viejos resuenan, cada vez menos. Se van
despidiendo, sin poder en sus manos.
Ahora reluce la tranquilidad, sin precio, arduamente buscada
y conseguida.
Quedan cenizas por quemar aun, vientos por sentir, duelos
que sobrellevar.
Nadie más vio esta época teñirse tanto a favor como observan
hoy mis ojos.
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