martes, 26 de noviembre de 2013

Derrotado



Esto fue en otra vida, en la que fui un hombre cobarde de sentimientos. Lleno de abulia y desdén hacia toda la pureza y el cariño que esa mujer me daba.

“Ya fue suficiente!” sentenció. Yo me percataba en ese instante que había tirado demasiado de la cuerda.

Tomó sus bolsos, mágicamente armados. Se cae su cartera, desparramando sus objetos femeninos, entre ellos se salva por milagro su perfume de aniversario.

Con mucho dolor, con furia de esa que brota junto con la fortaleza, con ojos de estar lista para salir adelante, me profirió agudas y denigrantes palabras, justificando su huida de mí. Yo seguí todo el tiempo en el sillón frente al televisor, tan injustamente acomodado en mi imbecilidad de macho cabrío.

Reunió todo el contenido en su cartera como pudo, enjuagándose las lágrimas que a borbotones caían sobre el piso. Las inyectó con dolor hacia adentro, cerrando el violento adiós con una última mirada de indignación, de impotencia, de nunca más.

Instantáneamente al portazo, entendí todo. Entendí que nada bueno podía obtener a mi lado. Que sólo era un despojo de un
galán que sumía su inseguridad en los vicios y el maltrato. Empezaron a reproducirse en mis oídos todos y cada uno de sus reproches. Recién ahora los entendía. ¿Recién ahora, infeliz?

No quiero demostrar todo el dolor que tengo dentro, porque es tanto que nunca va a terminar de salir. Si, se fue lo único hermoso y espectacular que pasó por mi vida. Arruiné todo una vez más. De pronto, el dolor que me estremecía encuentra un recoveco de lucidez, llevándome a la conclusión de que ella era demasiado para mí. Era mejor así, ella merecía a alguien mejor.

Y así el humo en mi pipeta se vaciaba, como la habitación de ella. En ambos casos, fui testigo de esas ausencias.