Trabajábamos juntas, aunque en diferentes sectores. Ella era una
chica de ojos vivaces y caricaturescos: muy grandes para su pequeño y delicado
rostro.
Tenía la inteligencia y picardía de las mujeres que han pasado
por ese trauma de niñas. Yo lo sabía, de algún modo lo intuí. Yo nunca hice
alusión a ello, ni siquiera de modo encubierto. Sabía que era algo para
olvidar. No debíamos hablar de eso.
Al principio, la hora del almuerzo era mi momento favorito: ella
entendía cada una de mis bromas y hasta hacíamos comentarios encriptados de
quienes entraban y salían. Una complicidad inocente, despojada de mayores
intereses que almorzar juntas y compartir comentarios agudos. Pero como dije,
esto era al principio.
Yo lo sabía y ella ignoraba que yo lo sabía.
A simple vista, ella era una chica joven y sana. A la hora de
comer, había un sinfín de condimentos e ingredientes que le hacían mal y no
podría probar más de por vida. Era común verla a la hora en que todos caíamos a
la cocina con la vianda muertos de hambre, con sólo una taza de té y unas pocas
galletitas.
Ella vivía con ese monstruo. Ella nunca se refería a él, ni lo
mencionaba, pero yo lo adivinaba.
A menudo soñaba con ella. Le preguntaba por qué no elegía otra
cosa para su vida, por qué no cambiaba ese horror diario por una vida sin
sometimiento, sin humillación. Nunca me respondía en ese sueño. Cuando me
despertaba, me sentía angustiada y sólo los que sueñan así saben cómo se
siente.
Nunca supe cómo ayudarla. Era como ver a esos testigos de una
tragedia que a cualquier ser humano lo marca de por vida, andar como si nada,
como si no hubiera sucedido absolutamente nada. Y no era así. La impotencia me
inducía a tener esos sueños acosadores, y el inconsciente me devolvía esas
sensaciones que en vano traté de lapidar en algún recoveco de la memoria.
No quería acosarla, no le sacaba el tema. Lo que a veces era
duro. Le di mi perdón en secreto, dentro mío se lo di, porque me sentía
hasta traicionada de que hubiera callado, de que no nos hubiéramos
consolado mutuamente.
Ella merecía otra cosa. Sé que su abuelo provocó ese mal, padre
de los otros males. Sé que su abuelo provocó desde el que se arruinara todo el
cuerpo, hasta el hecho de que ella nunca pudiera enamorarse de nadie. También
allí residía el origen de su eterna soltería.
Hubiera deseado conseguirle un hombre de bien que la rescate de
esas tinieblas, de ese terror asimilado, de esa película truculenta que todos
saben que existe por allí, pero que ningún canal podría transmitirla jamás.
A menudo se quejaba de los problemas físicos y emocionales de su
vida. Algunas veces le respondía con palabras, otras con miradas; cuando en
todo momento, si ella se hubiera animado a sacar esa cruz que cargaba, yo la
habría abrazado, la hubiera zamarreado y le hubiera ordenado a gritos
desenmascarar a la bestia, abandonarla con su hambre, le habría ordenado
respetarse.
Oírla era confirmar refranes y pasajes de la Biblia.
Ahora es ella la que intuye, sospecha y adivina, y eso nos
hermana aunque ninguna de las dos le ponga palabra. ¿Por qué a ella? Yo de algún modo voy a
encontrar la manera de mantenerme al tanto de su seguridad. No quiero que
nuestro abuelo nos haga daño a las dos al mismo tiempo.