lunes, 13 de enero de 2014

Altruismo tácito



Trabajábamos juntas, aunque en diferentes sectores. Ella era una chica de ojos vivaces y caricaturescos: muy grandes para su pequeño y delicado rostro.
Tenía la inteligencia y picardía de las mujeres que han pasado por ese trauma de niñas. Yo lo sabía, de algún modo lo intuí. Yo nunca hice alusión a ello, ni siquiera de modo encubierto. Sabía que era algo para olvidar. No debíamos hablar de eso.
Al principio, la hora del almuerzo era mi momento favorito: ella entendía cada una de mis bromas y hasta hacíamos comentarios encriptados de quienes entraban y salían. Una complicidad inocente, despojada de mayores intereses que almorzar juntas y compartir comentarios agudos. Pero como dije, esto era al principio.
Yo lo sabía y ella ignoraba que yo lo sabía.
A simple vista, ella era una chica joven y sana. A la hora de comer, había un sinfín de condimentos e ingredientes que le hacían mal y no podría probar más de por vida. Era común verla a la hora en que todos caíamos a la cocina con la vianda muertos de hambre, con sólo una taza de té y unas pocas galletitas.
Ella vivía con ese monstruo. Ella nunca se refería a él, ni lo mencionaba, pero yo lo adivinaba.
A menudo soñaba con ella. Le preguntaba por qué no elegía otra cosa para su vida, por qué no cambiaba ese horror diario por una vida sin sometimiento, sin humillación. Nunca me respondía en ese sueño. Cuando me despertaba, me sentía angustiada y sólo los que sueñan así saben cómo se siente.
Nunca supe cómo ayudarla. Era como ver a esos testigos de una tragedia que a cualquier ser humano lo marca de por vida, andar como si nada, como si no hubiera sucedido absolutamente nada. Y no era así. La impotencia me inducía a tener esos sueños acosadores, y el inconsciente me devolvía esas sensaciones que en vano traté de lapidar en algún recoveco de la memoria.
No quería acosarla, no le sacaba el tema. Lo que a veces era duro. Le di mi perdón en secreto, dentro mío se lo di, porque me sentía hasta  traicionada de que hubiera callado, de que no nos hubiéramos consolado mutuamente.
Ella merecía otra cosa. Sé que su abuelo provocó ese mal, padre de los otros males. Sé que su abuelo provocó desde el que se arruinara todo el cuerpo, hasta el hecho de que ella nunca pudiera enamorarse de nadie. También allí residía el origen de su eterna soltería.
Hubiera deseado conseguirle un hombre de bien que la rescate de esas tinieblas, de ese terror asimilado, de esa película truculenta que todos saben que existe por allí, pero que ningún canal podría transmitirla jamás.
A menudo se quejaba de los problemas físicos y emocionales de su vida. Algunas veces le respondía con palabras, otras con miradas; cuando en todo momento, si ella se hubiera animado a sacar esa cruz que cargaba, yo la habría abrazado, la hubiera zamarreado y le hubiera ordenado a gritos desenmascarar a la bestia, abandonarla con su hambre, le habría ordenado respetarse.
Oírla era confirmar refranes y pasajes de la Biblia.
Ahora es ella la que intuye, sospecha y adivina, y eso nos hermana aunque ninguna de las dos le ponga palabra. ¿Por qué a ella? Yo de algún modo voy a encontrar la manera de mantenerme al tanto de su seguridad. No quiero que nuestro abuelo nos haga daño a las dos al mismo tiempo.