Esto fue en otra vida, en la que fui un hombre cobarde de
sentimientos. Lleno de abulia y desdén hacia toda la pureza y el cariño que esa
mujer me daba.
“Ya fue suficiente!” sentenció. Yo me percataba en ese
instante que había tirado demasiado de la cuerda.
Tomó sus bolsos, mágicamente armados. Se cae su cartera,
desparramando sus objetos femeninos, entre ellos se salva por milagro su
perfume de aniversario.
Con mucho dolor, con furia de esa que brota junto con la
fortaleza, con ojos de estar lista para salir adelante, me profirió agudas y
denigrantes palabras, justificando su huida de mí. Yo seguí todo el tiempo en
el sillón frente al televisor, tan injustamente acomodado en mi imbecilidad de
macho cabrío.
Reunió todo el contenido en su cartera como pudo,
enjuagándose las lágrimas que a borbotones caían sobre el piso. Las inyectó con
dolor hacia adentro, cerrando el violento adiós con una última mirada de
indignación, de impotencia, de nunca más.
Instantáneamente al portazo, entendí todo. Entendí que nada bueno
podía obtener a mi lado. Que sólo era un despojo de un
No quiero demostrar todo el dolor que tengo dentro, porque
es tanto que nunca va a terminar de salir. Si, se fue lo único hermoso y
espectacular que pasó por mi vida. Arruiné todo una vez más. De pronto, el
dolor que me estremecía encuentra un recoveco de lucidez, llevándome a la
conclusión de que ella era demasiado para mí. Era mejor así, ella merecía a
alguien mejor.
Testigo de ausencias...
ResponderEliminarGracias por el comentario. Saludos.
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